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¡Vaya año!

    Terminé el año pasado
con el deseo oportuno
que en el año veintiuno
todo hubiera mejorado,
pero al hacer el recuento
del año que ya ha vencido
hay cosas que han sucedido
que no me dejan contento.
    Un nuevo virus mutado
¡vamos por la sexta ola!,
no hay plaga que venga sola
y los males no han cesado,
erupciones del volcán,
la borrasca Filomena...
todo ha sido una condena
que nos ha jodido el plan.
Menos mal que en ocasiones
entre tanta adversidad
está la felicidad
que dan nuestras excursiones:
    Hemos trotado por montes,
el de Boadilla y de El Pardo,
grato recuerdo que guardo
de aquellos dos horizontes.
    Hemos saltado las vallas
para andar por las dehesas
y nos llevamos sorpresas
al ver varias atalayas.
    Hemos bajado al subsuelo
¡curiosidad nos empuja!
a la Cueva de la Bruja
y a la mina del Consuelo.
    Hemos pisado la nieve
y en Peñalara la cosa
se puso tan engorrosa
que la jornada fue breve.
    Hemos visto Cuerda Larga
en invierno y en verano,
con un calor africano
o con un frio que aletarga
    Hemos pisado Segovia
tantísimas veces más,
que estoy pensando, quizás,
si buscarme allí una novia.
    Hemos subido montañas,
pasado desfiladeros,
traspasado vertederos
y las cosas más extrañas.
    Hemos seguido canales
en el sitio de Aranjuez,
qué maravilla, ¡pardiez!
son sus jardines reales.
    Hemos visto en Alcalá
de noche, la luna llena,
algo más de una docena
de lunas que vimos ya.
    Hemos pasado zozobras
descendiendo unas buitreras
por peligrosas pedreras
y arriesgadas maniobras.
   Hemos gozado del viento
la lluvia y hasta el granizo,
del bocata de chorizo
disfrutando del momento.
    Adiós digo al veintiuno
año lleno de pesares
y catástrofes por pares
que no deseo a ninguno,
y una cosa solicito
para el dos mil veintidos:
¡Esperemos, quiera Dios,
que no venga un meteorito!

   Paco Cantos  1/1/2022

La atalaya del Vellón

     Aun siendo La Inmaculada
el GMSMA no se para.
Ni aunque lloviera o nevara,
ni aunque cayera una helada,
la excursión se anularía.
No se admite una excepción,
si es miércoles, excursión,
lo demás es tontería.

     Antonio me encomendó
conducir la expedición
que comenzó y terminó
en el pueblo del Vellón.
Fuimos pocos este día,
once, pero muy osados
al estar amenazados
por la meteorología
y un puente que mermaría
el número de apuntados.

     Esta excursión circular,
por la forma de su ruta
—que nadie me lo discuta—,
fue más bien cuadrangular.
En nuestra etapa primera
nos movimos por caminos
entre vacas y gorrinos
mirando hacia La Cabrera.
Luego un cambio se produjo,
al encontrar un regajo
hacia el este y cuesta abajo,
cuyo cauce nos condujo
por una senda encantada
de vegetación frondosa,
exuberante y preciosa,
totalmente rodeada
por unos grandes terrones
de paredes pedregosas
y formas vertiginosas
llamados Los Quebraones. 

     Un error de navegante
hizo que yo les guiara
—¡qué cosa más humillante!—
por la senda equivocada
hacia un alto dominante.
Mas el refrán dice que
«No hay mal que por bien no venga».
—Las doce en punto —avisé—
¡A tomar el tentempié,
cada uno lo que tenga!
Retomamos al final
la senda correctamente,
llegando seguidamente
a una pista del Canal,
y por ella recorrimos
sin correr a todo gas
cuatro kilómetros más
hasta que por fin la vimos. 

     —¡Vaya, vaya,
si ya se ve la atalaya! 

     Ya se ve, pero allí arriba
a mil metros más o menos
la torre de sarracenos.
La subida fue intensiva
y era hora de comer;
—¡Entonces, comamos, pues!
Pero un viento de través
que no nos dejaba ver
apareció de repente,
preguntándonos, no obstante,
si lo más inteligente
era seguir adelante,
porque comerse el bocata
en el pueblo del Vellón,
es mejor proposición
que bajo la lluvia ingrata.
Así pues, al pueblo fuimos
que ya cerca se veía
y tal como yo os decía,
los bocatas nos comimos,
aunque de forma tardía. 

     Y ahora el tema literario.
Hice una pregunta irónica:
—¿Quién escribirá la crónica,
quién se ofrece voluntario,
hay alguno que querría?
Un absoluto mutismo.
—Pues la escribiré yo mismo
y además lo haré en poesía.
Cronista, poeta y guía,
¿afán de protagonismo?
ser todo en el mismo día,
y además me toca a mí
calificar la excursión,
pues os diré mi opinión
tal y como prometí:
Tras pensarlo con ahínco 
y sin querer hacer tongo,
a esta marcha yo le pongo
sicarias, tres coma cinco.

Paco Cantos  8/12/2021

Descendiendo el Yelmo ayuso

     «Se convoca una excursión
al Yelmo de la Pedriza,
quien suscribe garantiza
aventura y diversión».
¿Quién pudiera resistirse
ante tal convocatoria?,
si esto llegara a cumplirse,
la excursión haría historia.

     En el Tranco comenzamos
con aforo suficiente,
esta vez no nos juntamos
ni poca ni mucha gente.
La mañana era estupenda
y empezamos las primeras
subidas por una senda,
Senda de las Carboneras.
A mitad de la ascensión
nos paramos un momento
para hacer reagrupamiento
en un inmenso balcón
que al pasar la Gran Cañada,
para admirar Manzanares,
su castillo y sus lugares,
siempre es parada obligada.
Proseguimos la subida
donde el camino se inclina
hasta llegar enseguida
al Collado de la Encina,
una pequeña meseta,
donde ya la perspectiva
nos anunciaba la meta,
y un poco más para arriba
llegamos a la pradera
del Yelmo, ¡qué impresionante,
a cualquiera pareciera
estar ante un gran gigante!
Ante ese gran paredón
tan grande como un castillo
antes de hacer la ascensión
tomamos un bocadillo.
Dos compañeros dijeron:
«Paco, no nos amenaces»
y hacia el Tranco se volvieron
cual dos estrellas fugaces.

     Y ahora viene lo mejor
y lo más impresionante
aunque sea lo peor
para todo principiante;
ante tal incertidumbre
es costumbre necesaria
al ascender a la cumbre
elevar esta plegaria:

     «Encomiéndome a San Telmo
porque si no, retrocedo,
para coronar el Yelmo
por el Corredor del Miedo»

     Cualquier montañero sueña
con contemplar la Pedriza
en lo alto de esta peña
que más la caracteriza.
Yo recomiendo una dieta
para subir esta vez:
más frutas, menos panceta
y un poco de delgadez,
porque si alguno se agobia
es mejor poca cintura
que padecer claustrofobia
en esta estrecha hendidura,
pero mereció la pena
pasar por esta angostura.
Si subiste, ¡enhorabuena!,
si no, ¡que gran amargura!

     Y después de la bajada
fue una sorpresa muy grata
dónde hicimos la parada
para comer el bocata,
porque no hay mejor placer
que el de sentarse a la orilla
de la hermosa Lagunilla
a la hora de comer.

     Tras este descanso extenso
solo nos faltó la siesta
e iniciamos el descenso
sin que mediara protesta.
Bajando unas veredillas
por esta zona montana
recordé las serranillas
del Marqués de Santillana,
que andando por estos lares
dedicó con mucha gana
a Menga de Mançanares,
una rolliza serrana:

     «Desçendiendo'l yelmo á yusso
contra'l Bóvalo tirando
en esse valle de susso
ví serrana estar cantando»

     Para evocar al marqués
en busca de la mozuela,
aunque seis siglos después
seguimos su cantinela:
Yelmo abajo descendimos
hacia El Boalo tirando,
pero serranas no vimos
ni cantando ni bailando,
que hoy serranas no se ven
por la Pedriza cantando
sino que se ven, más bien,
montañeras caminando.
Me imagino yo al marqués
por estas sendas tan duras
como una cabra montés
buscando sus aventuras;
¡vaya colosal paliza,
disponiendo de un castillo
subir hasta la Pedriza
con tal de echar un polvillo!

     Dos kilómetros abajo
arribamos al destino,
y aun siendo el mismo camino,
bajar dio menos trabajo,
pero nos dio mucha sed,
ganas de beber muy fuerte;
¿habría un bar?, pues sabed
que sí, que tuvimos suerte,
y en el bar nos esperaban
las dos estrellas fugaces,
donde tomamos, voraces,
las cervezas que aguardaban.

     Jorge ofició de cronista
y como le entusiasmó
la estrechura masoquista,
cinco sicarias le dio
a esta excursión pedricera,
a la cual yo digo adiós,
y cuya serie numera
quinientos sesenta y dos.

Paco Cantos  26/5/2021

Granizos en Colgadizos

     Comenzó en Somosierra, que es un puerto
donde Madrid se junta con Segovia,
una excursión por monte tan abierto
que nos podría dar agorafobia.

     A la cita matinal
segovianos acudieron
del lado septentrional,
y madrileños lo hicieron
del lado meridional.
Subimos, para empezar,
una loma que se eleva
con subida regular,
llamada Majada Nueva.
Tuvo en tiempos su esplendor,
aquí una famosa escuela,
la de vuelo sin motor,
donde el suelo se nivela
para aterrizar mejor;
pasamos sin trascendencia
por los antiguos hangares;
fuimos a la residencia,
unas casas singulares
que hoy son todo decadencia,
construcciones de granito
que nosotros exploramos
mientras fotografiamos
nuestro rincón favorito.

     Seguimos subiendo, ufanos,
hasta la Peña del Muerto,
los primeros altozanos
de los Montes Carpetanos,
a media legua del Puerto,
y más alto sobre un claro
vimos algo más bien raro.
¿Era un platillo volante
o era una seta gigante?
No, pues era un radiofaro
que permite a los aviones
conocer su situación
y hacer la navegación
más fácil, si me lo pones.

     En Peña Zorrillo fue
el lugar donde sonó
la hora del tentempié,
y paramos ¡cómo no!
a reponernos con ello,
pues vino a continuación
el último subidón,
lo que provocó el resuello
de estos pobres andariegos;
subida discrecional
por pista o por cortafuegos,
¿cuál escogió cada cual?
la que quiso, pues dio igual.

     ¡Ay, destino traicionero!,
muy cerca ya del instante
del punto más culminante,
subiendo por el sendero,
nos sorprendió el aguacero.
¿Y sabéis lo que ocurrió?
San Pedro nos vaciló,
y al llegar a Colgadizos
las aguas cambió en granizos
y así la rima cuadró,
mas por culpa de la rima
no paramos ni un instante
en lo alto de la cima,
prosiguiendo hacia adelante
con todo el granizo encima.

      Volvimos, pues, cuanto antes,
por unas pistas bajantes,
protegidos por paraguas,
porque volvieron las aguas,
con nubes amenazantes.
El santo, como es sabido,
es un poquito guasón,
y después de lo caído
esta fue su reflexión:
«A mi cerro, muy leales,
ascendieron puntuales
en ferviente procesión;
se merecen los chavales
que se pare el chaparrón».
Y a partir de aquel momento,
como si fuera un hechizo,
no nos molestó el granizo
ni el aguacero ni el viento.

     La bajada fue empinada,
nadie se quejó de nada
ni se escucharon reniegos
por aquellos cortafuegos
de pendiente endemoniada,
porque ya se vislumbraba,
animándose la gente,
que no lejos y allí enfrente
el puerto nos esperaba.
Mas como broma pesada
nos quedaba una hondonada,
aunque para ser muy franco
la hondonada, más que nada,
era un profundo barranco.
La pendiente del ribazo
y la gran vegetación
produjo algún arañazo,
pero ningún batacazo
ni tampoco remojón,
cosa que los senderistas
afrontamos con valor,
disfrutando con humor
aventuras imprevistas.

     El final era inminente;
aun con el cielo cubierto
iba contenta la gente,
pues quedaba para el puerto
media legua solamente;
y así, sin más miramientos
en el puerto, finalmente,
nos despedimos contentos
hasta el miércoles siguiente.

Paco Cantos  21/4/2021

Canto Hastial

     Después de una larga espera
por fin llegó el equinoccio,
y, por tanto, la primera
excursión de primavera.
Esta jornada de ocio
tuvo su punto inicial
en el polideportivo
de allí, de Moralzarzal,
en un ambiente festivo,
como es lo habitual.

     La primera encrucijada
fue una espinosa alambrada
que de una forma elegante
saltamos, como si nada,
para seguir adelante
por ladera nada llana,
sino más bien inhumana,
entre jaral y pinar,
mucha piedra irregular
camino de la Solana,
una pedregosa loma
que entre las demás asoma;
ese fue el lugar en el que
tomamos un tentempié;
fue nuestra primera toma.

     Proseguimos la excursión
contentos y bien nutridos,
íbamos tan distraídos
cuando así, de sopetón,
oímos los estampidos:
—¿Qué son esas explosiones
que hacen la tierra temblar?
—No son alucinaciones,
son disparos de cañones
en el campo militar.
Mas no hay nada que prohíba
que ellos jueguen a la guerra,
ni a nosotros ir p'arriba,
pues en nuestra perspectiva
de este lado de la sierra
en lo alto se veía
la que sería ese día
nuestra cumbre principal:
la cima de Canto Hastial
en creciente cercanía.
Y en esta mole de roca
que a Pedriza rememora,
tras la fatiga —no poca—,
paramos un cuarto de hora,
y corazón en la boca
contemplamos una cosa
que a todos nos tuvo en vilo:
la pelea no amistosa,
que de manera rabiosa
tuvieron Twiter y Tilo
luchando por la bebida
como si fuera su vida,
pero más nos asustamos
cuando vimos en sus amos
la cara despavorida;
no hubo sangre y, finalmente,
todo quedó en una riña,
y seguimos nuevamente
andando por la campiña
muy desenfadadamente.

     Nuestra etapa posterior
llevaría al mirador
de Peña Liendres, balcón
de excepcional situación
para un buen observador,
donde el bocata tomamos
a la vez que contemplamos
vistas muy emocionantes
de las zonas circundantes;
y tras eso, nos marchamos
con las piernas muy ligeras,
bajando ya de regreso,
y tras unas torrenteras
prosiguió nuestro progreso.
por la senda de Piqueras.
Por fin ya se vislumbraba
una zona urbanizada,
poco a poco se acercaba
la meta tan esperada,
la excursión se terminaba.

     —Pues te has orientado mal,
eso no es Moralzarzal,
sino Collado Villalba,
aún no has llegado al final,
y de andar nadie te salva,
todavía marcharás
cinco kilómetros más.
Algunos ya no podían
seguir al grupo detrás,
y en taxi recorrerían,
hasta el polideportivo,
el recorrido final.
El resto del colectivo
llegamos sin excesivo
deterioro personal.

Paco Cantos  24/3/2021

Arrebatacapas

     Al pueblo de Redueña
fuimos a caminar, toda la peña,
con mucha discrección
para no llamar mucho la atención
ni molestar el sueño
de este pequeño pueblo madrileño.

     Para precalentarnos
y que no pudiéramos enfriarnos,
comenzó la excursión
con subida de gran inclinación,
siguiendo por el cerro,
todos los caminantes más el perro,
cuyo punto cimero
lo marcó el vértice del Chifladero.
Seguimos todo llano
caminando por aquel altozano
hasta que la almenara
del Canal Alto nos interceptara,
lo cual obligaría
a descender por una tubería.

     Mas hubo una sorpresa:
tomar el tentempié sentado en mesa
del área recreativa
—y la sorpresa fue superlativa,
para seguidamente
visitar la ermita de San Vicente.

     Desde Valgallego,
continuamos sin desasosiego,
todos excepto uno,
que tuvo que irse tras el desayuno;
y otra vez a subir
hay que ver cuánto nos gusta sufrir—,
por la cuesta canalla
que nos llevó, ¡por fin!, a la atalaya,
la torre centenaria,
elevada, graciosa y solitaria
donde fueron tomadas,
para ser por todos bien recordadas,
las fotos oficiales,
ya sea en grupo, ya sea individuales.

     Seguimos hacia el este
procurando la zona más agreste,
cruzamos carretera
siguiendo por una senda ligera
hasta que remontamos
o más bien, yo diría que escalamos,
a lo alto del cerro
de Arrebatacapas que, si no yerro,
da nombre a la atalaya
haciéndola, por tanto, su tocaya.

     Con jaras y tomillos,
nos comimos allí los bocadillos;
cambiando de sentido,
y hacia el oeste el paso decidido,
por senda paralela
volvimos persiguiendo nuestra estela,
mas, ¿qué nos esperaba?,
una colmena cerca se encontraba
y a toda la compaña
las abejas atacaron con saña
causando sus estragos
entre algunos de los senderomagos.

     Bajamos un ramal
junto a la depuradora del Canal,
bajamos nuevamente
por un tubo de sifón descendente,
y ya se distinguía
nuestro destino, allí en la lejanía;
quedaba finalmente
un camino bien recto y ascendente
de apenas media legua
que nos hicimos de golpe y sin tregua.

     Y os dejo un ejercicio,
adivinar cuál es el gentilicio
del pueblo de Redueña.
La solución es: cigüeño y cigüeña.

Paco Cantos  14/4/2021

Annus horribilis

     Nadie en aquellos momentos
barruntó nuestros destinos
celebrando en Peguerinos
la nuestra excursión quinientos.
Brindábamos felizmente
para tener un buen año
sin saber acaso el daño
que amenazaba inminente.

     Dos mil veinte y comenzamos
las primeras excursiones:
la Cabrera y sus rincones
Navaverrada por tramos,
Bola del Mundo con nieve,
Pedriza sin empedrar,
la Sierra del Quintanar
y, lejos ya el diecinueve,
fuimos a Cueva Valiente
mientras todos comentaban
como los días pasaban
con un virus subyacente.

     —Dice la tele que en China
los hospitales se llenan.
—Es que los chinos se cenan
cualquier cosa que camina.

     Con los colegios cerrados,
poblaciones confinadas,
mascarillas agotadas
y hospitales colapsados,
el GMSMA, ¡cómo no!
canceló sus excursiones,
y hasta nuevas ocasiones
todo el mundo se quedó
sin trotar piedra ni monte.
Tres meses se hicieron largos;
con encierros muy amargos
y semejante horizonte
solo quedaba esperar
que bajara la infección
de este virus tan matón
para volver a trotar,
pues si en otras profesiones
se impulsó el teletrabajo
no pudo el Grupo —¡carajo!—
realizar tele-excursiones.

     Sin abrazos efusivos,
sin darse choques de mano,
—que, aunque parezca inhumano,
son motivos preventivos—,
poco a poco y con cautela,
mascarilla y sin toser,
y a la hora de comer
cada uno en su parcela,
volvieron las excursiones:
La que fuera un desengaño,
Cabaña del Ermitaño
destruida, ¡qué bribones!
Los tejos del Barondillo
con una nueva emoción,
ser filmados por un drón
comiéndose el bocadillo.
San Pedro con luz de día,
San Pedro con luna llena,
no compartiendo la cena
ni ninguna chuchería.

     Vino la segunda ola,
nos pilló ¡¿desprevenidos?!
estábamos sorprendidos
y esto, pues, ¿quién lo controla?
Dicen que no hay dos sin tres
y se acerca la tercera;
pues igual que en la primera
yo no salgo, ¡ya lo ves!,
en casita confinado
y esperando la vacuna,
solución, sin duda alguna,
a este virus tan malvado.

     Año desafortunado,
año horrendo y espantoso,
amargo e ignominioso,
que solo nos ha dejado
disgustos a tutiplén
que no deseo a ninguno.

¡Bienvenido veintiuno!
dos mil veinte, ¡que te den!

Paco Cantos  1/1/2021

Cabeza Mediana nevada

  Vientos fuertes racheados,
varios grados bajo cero;
no estábamos en enero
para dar tal predicción.
Preparé el termo caliente,
unos gruesos pantalones,
guantes, guetres y crampones,
propio para la ocasión.

     Para ir a Peñalara
en los Cotos nos citamos
¡Ojalá no nos nevara
al empezar la excursión!,
mas no fue tal el problema 
sino otro impedimento:
no quedaba aparcamiento
¡Pues menudo papelón!

  ¡Tranquilos, nadie se alarme!
Cambiaremos las alturas
por los valles y llanuras
con total celeridad,
que esto ya nos ha ocurrido:
cuando algo le sobreviene
el GMSMA siempre tiene
mucha flexibilidad.

  Nos marchamos a la Isla,
a empezar nuestra aventura
al valle de la Angostura,
donde el tiempo se cambió,
y la meteorología,
como por encantamiento,
la nevada, frío y viento,
todo desapareció.

  Un hermoso mirador,
mirador de los Robledos,
que alcanzamos sin denuedos,
fue nuestro primer jalón
desde donde contemplamos
Peñalara despejada,
toda la zona nevada
y unas vistas de impresión.

     La nieve recién caída,
de blancura cubriría
toda nuestra travesía
desde principio a final;
en perfecta conjunción,
la mañana soleada
y la nieve inmaculada
parecía una postal.

  Íbamos muy distraídos
cuando inesperadamente, 
nos sorprendió, de repente,
la hora del tentempié,
y allí, sobre aquella nieve,
cualquier bebida caliente
nos vino perfectamente,
chocolate o consomé.

  Proseguimos por la pista
que, de forma relajada,
tras una cuesta empinada,
nos condujo sin tardar
hasta Cabeza Mediana,
que fue el punto culminante,
ya que de aquí en adelante
todo sería bajar.

  Pero es costumbre en el grupo
testimoniar nuestra estancia
posando, con arrogancia,
en el vértice en cuestión,
con la toma compulsiva
de fotos inolvidables,
como pruebas indudables
de toma de posesión.

  Seguimos nuestro camino
y llegaron los momentos
de tomar los alimentos,
¡mi bocata de jamón!,
que nos comimos sentados,
y aprovechando unos riscos,
le dimos unos mordiscos
y seguimos la excursión.

  Seiscientos metros después
arribamos al collado
de Malabarba, y al lado,
la bajada comenzó,
entre pinos y nevada
con la máxima pendiente,
Antonio, directamente,
al Lozoya nos bajó. 

  Después tan gran bajada
por la pista y llaneando 
nos fuimos aproximando
a donde todo empezó,
y en la zona de la Isla
incólumes y sin daños
Leonor por su cumpleaños
a las cañas invitó.

  Me correspondió esta vez
también, por añadidura,
valorar nuestra aventura
a lo cual no me negué,
y este es, pues, mi parecer:
Por el paisaje nevado
y el día tan soleado
cuatro sicarias daré.

Paco Cantos  9/12/2020

Otra vez al San Pedro

    Empieza la temporada
dos mil veinte-veintiuno
y es algo muy oportuno
y una cosa muy sagrada,
que al San Pedro, nuevamente,
—lo manda la tradición—,
hagamos nuestra ascensión
casi religiosamente.
Muchas veces a este cerro
el GMSMA ya ha ascendido.
¿Cuántas habremos subido?
He contado y, si no yerro,
llevamos una docena,
once veces por el día,
con calor la mayoría,
y otra con la luna llena,
aunque en una sucedió
que acabamos como sopas,
y caladas nuestras ropas
por el agua que cayó.
Mas que ninguno se extrañe
y que nadie se confunda,
que es la decimosegunda
la que esta vez nos atañe.

  Enfilamos hacia arriba
en grupos de diez en diez
—no es ninguna estupidez,
lo manda la normativa—,
y aunque alguno la deteste,
la subida —hay que admitir—
que menos hace sufrir
es la arista noroeste.
Estábamos ya subiendo
cuando una mujer de rosa
tal como una mariposa
nos adelantó corriendo;
quince minutos después,
vimos corriendo a destajo
otra mujer cuesta abajo
¡es la de rosa otra vez!
Casi no la conocía,
era Pilar Matellano,
que de mañana temprano
sube al cerro cada día.
No fue dura la ascensión
a este cerro solitario
cuya cumbre fue escenario
de nuestra inauguración;
y una vez que descansamos 
se entregaron las estrellas, 
y después, con tres botellas
de cava, todos brindamos.

    «Por esta temporada que hoy empieza,
por que pronto pasemos este horror,
brindemos y tengamos la certeza
que el futuro será mucho mejor».

  Proseguimos —con trabajo—,
de una forma aventurera,
por empinada ladera,
hacia el sur y cuesta abajo.
¿La hora del mediodía,
y zona meridional?,
la combinación fatal
de un calor en demasía.
Continuó la bajada
un poco más todavía,
pues solo terminaría 
al llegar a la cañada,
donde el calor fue un tormento
y quedaban, además,
cinco kilómetros más
para ver un yacimiento
no muy espectacular
ni tampoco nada exótico:
un poblado visigótico
llamado Navalvillar.

  Cerca de allí hay una peña
—Peña Gorda se la llama—,
desde la que el panorama
de la sierra madrileña
se contempla y se percibe.
A este mirador subimos
y muchas fotos hicimos
pues, si no, no se concibe
nuestro paso por allí.
De vuelta ya se veía
San Pedro en la lejanía
¿y cuando miré, qué vi?
Más de cien buitres comiendo
a una vaca inanimada,
que muerta, mas no enterrada,
era un manjar estupendo
para aquellos carroñeros
que los perros ahuyentaron,
y a volar los obligaron
dejando los comederos;
al verlos —os lo confieso—
consideré que, quizás
no son tantos, pues hay más
diputados del Congreso.

    Llegamos deshidratados ¡por fin!, al aparcamiento, y sin perder ni un momento, desde allí, desesperados, sin descansos intermedios y con presteza inaudita nos llegamos a una ermita, la Virgen de los Remedios, lugar donde nos tomamos unas frescas cervecitas, y con gracias infinitas pagamos y nos marchamos.

Paco Cantos  16/9/2020

El tejo del Barondillo

  ¿Cuál es el árbol más viejo
de Madrid, comunidad?
Si no sabéis, preguntad,
pues la respuesta es un tejo
de siglos de antigüedad.
  Partiendo de la Angostura,
la excursión no es nada dura;
por un camino sencillo,
pronto veréis la figura
del tejo del Barondillo.
  La Comunidad legisla
que este es árbol singular;
lo fuimos, pues, a observar
partiendo desde la Isla
para luego progresar
  por la margen del Lozoya,
o, más bien, de la Angostura,
que en esta hermosa natura
es donde se desarrolla
nuestra gloriosa aventura.
  Entre pinos y rebollos
tomamos sendas que atajan
por empinados arroyos
que de Asómate de Hoyos,
allá en Cuerda Larga, bajan;
  y tras unos resoplidos
en apenas una hora,
para nada agotadora,
nos quedamos sorprendidos
al ver la deslumbradora
  y sorprendente estructura
d'este árbol tan añejo
que en medio de la espesura
mostró por fin su figura:
un impresionante tejo.

  Junto al tejo más anciano
otros están a su lado;
han crecido de la mano
junto a su primer hermano;
juntos han avejentado,
y es algo muy usual
nombrar al grupo global:
si con pinos es pinar
y con robles, robledal,
cuando hay tejos es tejar.
  Asombra que sean tan viejos
y nos deja muy perplejos,
que en unos tiempos lejanos
los legionarios romanos
vieran estos mismos tejos;
  y aquellos que construyeran
en Segovia el acueducto
puede que se sorprendieran
al ver en este reducto
cómo los tejos nacieran.

  Las doce en punto sonaron
y a la sombra de los tejos
los tentempiés se tomaron
acatando los consejos:
unos de otros separados.
  Cuando bien se desayuna
se hace mejor el camino;
lo siguiente, una laguna
de color verde aceituna;
la superficie —imagino—,
  que el fondo no se veía;
según la cartografía,
este bello fotograma
Raso del Baile, se llama,
aunque raso… poco había.
  Para evitar mucho andar,
bajamos por un atajo
todo el tiempo cuesta abajo.
Dice un refrán popular:
«no hay atajo sin trabajo»,
  y este caso ejemplo es,
que un kilómetro después,
te duelen las pantorrillas,
los cuádriceps, las rodillas
y las plantas de los pies.

  La poza de la Angostura es un lugar apacible; cuando el baño era posible te bañabas con frescura; pero hoy es inconcebible, 
  pues la reglamentación
nos prohíbe el chapuzón
en cualquier alberca o charca
de lo que la sierra abarca,
pero nada hace mención
  a comerse un bocadillo
a la orilla de la poza,
aunque siempre algún listillo
mete los pies y algo goza
refrescando el «pinrelillo».
  Allí, por tanto, comimos
en paz, sosiego y sin prisa;
luego, todos nos reunimos
en una zona más lisa
donde juntos nos hicimos
  nuestra foto colectiva,
mientras, esta vez, un dron
nos filmaba desde arriba,
dándonos una visión
y una nueva perspectiva.
  Nos quedaba retornar
volviendo al punto inicial
y unos refrescos tomar;
y os dejo para acabar
un serventesio final:

  «No podréis encontrar árbol más viejo,
que no haya sufrido innumerables daños,
salvo este colosal y regio tejo
que ya ha cumplido casi dos mil años».

Paco Cantos  15/07/2020