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El cañón del río Dulce

  Han pasado ya dos años
de aquella excursión cansina
al pueblo de Pelegrina
en la que tanto llovió,
que en la hoz del río Dulce
aquel intenso aguacero,
como sopas —no exagero—,
nuestro cuerpo nos dejó.

  Esta vez sí que acertamos,
vimos los chopos dorados
contra el cielo recortados
entre un intenso verdor,
en un ambiente de otoño,
temperatura agradable
y lluvia poco probable;
un tiempo mucho mejor.

  Empezó nuestra andadura
cuesta abajo, rodeados
por los riscos elevados
que la erosión modeló,
y en la caseta de Félix
Paco unas explicaciones
dio, sobre las grabaciones
que «nuestro amigo» filmó.

  Al fin llegamos al punto
donde empezaba el jolgorio:
la cascada del Gollorio,
un paso que da pavor,
menos mal que no llovía
pues sería una faena,
que agarrado a la cadena
te cagaras de terror.

  ¿Y en la cascada que vimos?
la roca seca y desnuda,
pues la sequía es aguda,
¡vaya una desilusión!;
por consiguiente, tuvimos
que volver, ¡vaya faena!,
otra vez por la cadena
todo el grupo en procesión.

  Por la otra margen del río
avanzamos contemplando
como nos iba dejando
el otoño su esplendor,
ofreciendo a nuestro paso
con los árboles frutales
y numerosos nogales
sinfonía de color.

  Abandonamos el río
por camino de herradura
y al llegar a cierta altura
tomamos el tentempié,
mientras juntos admiramos
el arbolado amarillo
y allá en lo alto el castillo
que encaramado se ve.

  Proseguimos nuestra ruta
por el páramo con prisa,
que el horario lo precisa,
para llegar puntual
a la Cabrera, pasando
por terrenos descuidados,
atravesando sembrados
en un entorno rural.

  Cuatro habitantes detenta
el censo de la Cabrera,
pocos, pues se considera
despoblación general,
pero, por sorpresa, vimos
niños jugando, ¡qué extraño!,
pues aquí hay algún engaño:
una excursión colegial.

  Por el Camino del Cid
seguro el grupo camina
directo hacia Pelegrina,
sobrevuela algún rapaz,
entre tierras de cultivo
por el río, aguas arriba,
avanza la comitiva
aventurera  y audaz.

  Al pasar,  junto al camino,
¿qué es aquello tan curioso?
¡avispas, qué peligroso!
y yo sin el botiquín;
mas no pudo contenerse
algún otro compañero
de escarbar el avispero
y atacaron a Antolín.

  Al fin se vio Pelegrina
con su castillo en la cima;
vemos como se aproxima
ya la hora del yantar,
vayámonos apurando
que el horario es muy tardío,
el cocido estará frío
y habralo que calentar.

  Así empezó la comida:
los del cocido a la diestra,
el cabrito a la siniestra,
y el banquete comenzó;
el chivito quedó escaso
mas como sobró cocido,
como hermanos compartido
este se les ofreció.

  Por el día inolvidable
y amistades solidarias,
cuatro con cinco sicarias
el cronista puntuó,
lástima que las avispas
sean agresivas criaturas
porque por sus picaduras
las cinco no concedió.

Paco Cantos  30/10/2019

Curso de Orux

     Sucedió en Torrelodones
ClubTorre72;
allí recibiéronnos
para escuchar las lecciones
     del OruxMaps, que con gusto
nos dieron los anfitriones,
para que en las excursiones
evitemos algún susto.

     Abrió la presentación
Paco Nieto con esmero
junto a José Luis Molero
doctos en la aplicación,
     que empezaron a explicar
a abrir Orux lo primero,
todo sin poner dinero
ni por Google Play pasar.
     Más tarde nos dirigieron
a la configuración,
un carajal del copón
donde muchos se perdieron.
     Configurar los botones;
cargar al móvil los mapas
con los ajustes de capas;
un sinfín de explicaciones:

     «Para ver la posición
activad el GPS
que quizás os interese
saberla con precisión.»

     «Para grabar una ruta
hay que salir de excursión,
luego parar grabación,
así es como se ejecuta.»

     «Si acaso tienes problemas
o estás en algún engorro
el mensaje de socorro
te protegerá, ¡no temas!»

     Fueron temas abordados
los lugares compartidos,
los geocaches escondidos,
y waypoints localizados.
     Hay que cargar otro mapa,
ahora nos toca el de Andorra,
la peña que se amodorra
y el cerebro ya derrapa.
     Permitidme un comentario:
que lo de hacer Multitracking
es palabra como hacking,
no está en nuestro diccionario.

     Y a la hora del vermú,
a aquellas horas del día,
cuando la panza rugía,
¿hablar de  Tiramisú?,
     pues no es un postre de Italia,
sino un tema de Mapsforge
—eso me lo dijo Jorge— 
¡menuda parafernalia!
     Nos faltaban finalmente
los archivos de altitudes;
que el que tuviere inquietudes
los cargue posteriormente.

     Cuando la clase acabó
y sin cambiarnos de mesa
allí con cierta sorpresa
la comida se tomó,
     pues en ese club de «Torre»,
además de dar lecciones,
menú del día o raciones
siempre a tiempo te socorre.

     Sobre la categoría
de clases no hay precedencia,
pero por su competencia
cinco sicarias daría
     a los dos: Nieto y Molero,
por lo mucho que han currado,
y lo bien que han explicado,
¡para quitarse el sombrero!

Paco Cantos  17/10/2019

Subida al cerro de San Pedro

     Ordena la tradición
que terminando el estío
hagamos una ascensión
al San Pedro en procesión,
nuestro primer desafío,
     aunque la temperatura
a mediados de septiembre
suele ser una tortura,
y para tal aventura
mejor sería noviembre.
     Por más que parezca extraño,
ir a Islandia de excursión
nos demoró la ascensión
y subimos este año
con el cambio de estación,
     que mejor es remontar
de forma bien ventilada,
la cima sin la sudada
y así poder empezar
una nueva temporada.

     Empezamos la ascensión
con grande motivación,
por caminos empinados
de vegetal despoblados,
pero esto no fue razón
     de descorazonamiento,
pues la subida a la cumbre
es tan solo un elemento
del gran acontecimiento
convertido ya en costumbre.
     —La cima se va acercando
—dijo alguien con ignorancia—.
No era verdad, pues llegando
al Cerro de la Prestancia
vimos allá en la distancia,
     altivo y desafiante,
el de San Pedro, arrogante,
vigilando el horizonte.
«Después de un monte, otro monte…»,
que cantaba el caminante.
     Ninguno se desanima
y el alto ya se aproxima;
dos kilómetros apenas
de subidas por las buenas
desde el coche hasta la cima.

     Por fin llegamos arriba.
—¿Tomamos un tentempié?
—No hay nada que lo prohíba,
y una buena iniciativa
sería tomar café;
     y otra cosa habitual,
buscar el libro escondido
donde escribe cada cual
su firma, cómo le ha ido,
las subidas que ha cumplido:
     «José Luis aquí ha llegado…»
«Yo he subido varias veces…»
«En verano aquí pereces...»
«…más de doscientas he estado…»
—¿Doscientas? ¡gilipolleces!,
     mirad qué pone Pilar,
vecina de Colmenar,
¡mira que le pone ahínco!
¿quién la podrá superar?
¡tres mil setecientas cinco!
     —¿Subidas? ¡Jolín, qué tía!
—Es que sube cada día.
Yo encontré en el libro aquel
solo un trozo de papel
donde escribir la poesía:

     «Existe una tradición
ante la cual no me arredro:
después de la vacación,
nuestra primera excursión
es al cerro de San Pedro,
     y siento satisfacción,
dicha, deleite y halago,
de comenzar la estación
en compañía y unión
de tanto senderomago».

     Junto a lo que escribí yo,
cada cual aprovechó
para colocar su firma,
lo cual constata y confirma
que hasta el San Pedro subió.
     Y tras el ceremonial,
la bajada comenzó;
Antonio nos dirigió
de una forma magistral
 por zona meridional,
     alargando la excursión
para que aquella tuviera
diez kilómetros siquiera,
que es la reglamentación;
si no, no se considera;
     y, además, no fue sencillo
pasar de un tiempo otoñal
otra vez al estival:
San Miguel o del Membrillo,
empezaba el veranillo;
     y con poco impedimento,
por pista desarbolada,
y un camino polvoriento,
casi no tardamos nada
en ir al aparcamiento.

     Tras hacer lo preceptivo
vino después lo festivo:
en Araceli dar cuenta
¡éramos casi cuarenta!
de un menú muy atractivo,
     y entre platos y botellas,
Antonio les hizo entrega
a aquellos, también a aquellas
—al final a todos llega—,
de las logradas estrellas.
     Y llegamos al final
de lo que fue la excursión,
que además fue la señal
de empezar con ilusión
un nuevo ciclo anual.

Paco Cantos  25/9/2019

Ruta de las Cabras

  En el pueblo del Boalo,
a fines del mes de mayo,
con un calor del carallo,
nos reunimos con euforia.
La ermita de San Isidro
fue el lugar de nuestro encuentro,
por tanto, fue el epicentro
donde comenzó la historia:

  Por la Ruta de las Cabras
se inició la acometida;
una escabrosa subida
de piedra y mucha pendiente,
que, en el trecho de una milla,
por la vertiente sureña,
subes del coche a la peña
de una forma sorprendente.
  Pero ¿cómo —me pregunto—
los perros escalarían?
¿cómo se las compondrían
sin un curso de escalada?
Para evitar el problema
los canes acompañados,
por senda sin escarpados,
subieron por la vaguada.
  Llegó lo más esperado:
el paso de las clavijas,
barras en la roca, fijas,
que nos ayudan bastante
a superar la escalada
de paredes verticales,
como escalones normales,
sin sensación angustiante.
  El Ángelus nos pilló;
allí mismo nos paramos
y el tentempié degustamos
rápido y sin distracciones,
y con firme pretensión
de hallar al grupo canino
nos llegamos al vecino
Collado de Valdehalcones
  Unos minutos después,
en ese collado hallamos
a los perros con sus amos,
y apenas nada más verlo
una cruz nos sorprendió;
Joaquín contó la leyenda
brutal, perversa y tremenda
de un pastor llamado Mierlo.
  E hicimos las despedidas;
los fugaces hacia abajo,
a los coches por atajo,
bajaron sin sofocones,
y los demás que quedamos
¿teníamos alternativa?,
pues a seguir cuesta arriba
la Cuerda de los Porrones.

  En esa cuerda los nombres
aprenderse es un engorro
Porrón, Porras, todo «porro»,
que alguno se fumaría,
y uno que es bien diferente:
Cancho Mágico, que viene
del nombre que el grupo tiene,
Grupo Mágico —decía—.
  Llegados, pues, a este cancho
que al GMSMA pertenece,
la placa que se envejece
Julián nos la retocó,
mientras mil fotos tomamos
de todas las perspectivas
con poses muy atractivas
como si fuera un plató.
  Ya solo quedaba ¿solo?
bajar al aparcamiento,
que sería un sufrimiento,
de la manera siguiente:
bajadas, piedras, bajadas
cuádriceps agarrotados
en fin, todos agotados
y una pista finalmente.

  Y como en la aldea de Asterix,
al terminar la aventura
los guerreros con bravura
se reúnen con su gente,
aunque no fuéramos galos
nos tomamos las cervezas
y cantamos las grandezas
pasadas recientemente.

Paco Cantos  31/5/2019

De Cotos al puente de la Angostura

      Amaneció la mañana
con niebla y frío de invierno;
nuestro encuentro fue fraterno
en esta zona serrana,
      con el grupo bien mermado
por los que fueron a Islandia,
aunque quizá Disneylandia
menos les habría cansado.

      Empezamos la excursión
con un poco de demora,
casi fue una media hora
y tuvo una explicación:
      Entre atascos y accidentes,
la nueva senderomaga
¡que no viene y se rezaga!
teniéndonos impacientes;
      y es que es de mala presencia
que en tu primera excursión
demores al pelotón;
lo digo por experiencia.

      Al comenzar la andadura
con tanto espacio sombrío,
no sabíamos si el frío
sería nuestra tortura,
      mas la mañana invernal
tras empezar a bajar
se habría de transformar
en una tarde estival.
      De Cotos a la Angostura
con solo seguir el río
un difícil extravío
supondría esta aventura
      de bajada sin dilemas,
siguiendo la margen diestra
y subir por la siniestra
sin asomo de problemas.

      Nada más salir del puerto
llegamos al Pingarrón,
un refugio de excepción,
aunque no estuviera abierto,
      y enseguida una gran poza,
primera de un gran rosario,
un extenso balneario
en que la gente retoza
      desde el Cotos al Paular
pasando por la estrechura
bien llamada la Angostura
¡un SPA bien singular!

      Conseguimos sin esfuerzo
llegar al punto más bajo,
¡no nos costó ni trabajo!,
y comimos el almuerzo
      en poza muy conocida,
mas Paco Nieto faltó
y ninguno se atrevió
a hacer una zambullida.
      Cruzamos por fin el puente
para dejar esa orilla
y emprender —cosa sencilla,
la vuelta por la de enfrente,
      pero pronto reparamos
en el pérfido perfil:
de una forma muy sutil
bajamos y más bajamos
      para luego concluir
de una forma puñetera,
y al final de la carrera
no dejar ya de subir,
      y el grupo se fue estirando
a medida que subía
porque alguno ya sufría
mientras se iba rezagando,
      mas la peña, solidaria,
tuvo mucho miramiento
haciendo a cada momento
y de forma voluntaria
      la «parada del cabrón»
que consiste en esperar
para volver a arrancar
en cuanto llega el tardón.

      Sin apenas desconcierto
nos vimos en la Pradera,
una zona dominguera
que está muy cerca del puerto,
      y llegados al destino
nos despedimos, mas antes,
unas birras refrescantes
en la Venta Marcelino.

Paco Cantos  11/9/2019

Piraguas en Buitrago

      Noticias muy preocupantes:
Mostraba el mapa del tiempo
zonas en rojo alarmantes,
calores achicharrantes
llegarían sin contratiempo;
      y la marcha de ese día
no sería un tramo llano,
sino de mucho secano,
aunque al fin terminaría
por el borde de un pantano;
      y como el frescor del agua
combate bien los calores,
no habría opciones mejores
que guiar una piragua
a babores y estribores.

      En Buitrago dio su inicio
la ruta que, sin perjuicio
del calor, fue necesaria,
y haciendo gran ejercicio
por una vía pecuaria,
      hasta el mismo portachuelo
que conduce al Picazuelo,
que en esta gran depresión
es un aislado oteruelo
que domina la extensión.
      Mirara donde mirara,
al sur hasta La Cabrera,
al norte La Cebollera;
la cumbre de Peñalara
al oeste y bien cimera.

      Pero dejando las vistas
llegó a las doce previstas
puntual el tentempié;
tomamos un canapé
para seguir optimistas
      entre zarzas y ganado
por alambradas complejas
pasando por unas rejas,
hasta llegar al buscado
embalse de Puentes Viejas,
      cuya orilla marcaría
una vereda ondulante
que siguiendo llegaría
al punto en que iniciaría
nuestra aventura flotante.

      El momento llegó, pues,
de subir a la piragua
provistos con el arnés,
sin enredos ni traspiés
para no caer al agua.
      Remamos aguas arriba
como avezados piratas
quizá de forma excesiva
buscando la perspectiva
de unas fotos inmediatas.
     
     «Imnumerables veces visité
Buitrago, sus almenas y atalayas,
mas esta la ocasión primera fue
en que vi desde el río sus murallas.»

      Y vencida la regata,
en el mismo embarcadero
con un baño placentero,
¡Vaya, pues que malapata!
se terminó el día playero.
      El que más lo disfrutó,
Kiro montado en su barca,
mientras Tufi se quedó
atado, solo y sin charca,
hasta que esto concluyó.

      Acabose la excursión
como siempre finaliza,
refrescando los gaznates
con lo que nos neutraliza
el fragor de los combates;
      fue por tanto una jornada
insólita y peculiar:
primero canicular,
después un poco mojada;
lo cual me da que pensar
      que es un poco surrealista
que porque un excursionista
haga una ruta en Buitrago,
cambie de senderomago
a senderopiragüista.

Paco Cantos  26/6/2019

La cueva de los Enebralejos

     En Prádena se supo
que a pasear vendría todo el grupo,
     que todo era una excusa
para comer de forma bien profusa,
     y para no cansarnos
y llegar al final sin agotarnos,
     de forma inteligente
la cueva se exploró cómodamente
     por ruta que ese día
dos etapas distintas contaría:
     una etapa primera
con sabinares, cueva y solanera
     y una segunda parte
con comida, mesón y obras de arte.

     A las diez de la mañana
en la puerta de la gruta
comenzamos esta ruta
por la estepa castellana;
     una excursión muy campestre
sin cuestas, rampas ni montes
sin pedrizas ni desmontes,
la más corta del trimestre;
     excursión de compromiso
por caminos vecinales
rasgones por los zarzales
y parcelas sin permiso;
     y una aldea abandonada,
Matandrino, consecuencia
y manifiesta evidencia
de esa España vaciada.
     Diez kilómetros después
volvimos al mismo punto.
¡A marchas así me apunto,
no hubo dolores de pies!,
     y en la puerta de la cueva
a las doce más o menos
unos bizcochos rellenos
del Ángelus dieron prueba.
      —Quien conozca las pinturas
de Marcos Cid, a este lado
los que no, ¡tened cuidado!,
a las cavernas oscuras.
     Los que dimos «sí», rotundos,
nos quedamos taciturnos
pues al pasarse por turnos
nos tocó ser los segundos.
     Cuando nos tocó la entrada
¡nadie lo hubiera intuido!,
en lugar tan escondido
tal belleza conservada:
     coladas, laminadores,
estalactitas, gateras
estalagmitas, banderas,
y hasta huesos de señores
     que obtuvieron los halagos
de todos los visitantes,
antes como caminantes,
ahora como espeleomagos.

     Tomamos los coches, pues,
para marcharnos fugaces
yendo como kamikazes
kilómetros, veintitrés,
     y nos trasladamos al
Palacio del Esquileo
donde el preciado papeo
esperaba puntual.
     Pero antes de comenzar…
¿qué fue del grupo pionero
que se adelantó primero
a la cueva visitar?
     Aquellos que anteriormente
no habían tenido ocasión
de visitar la mansión,
ni sus cuadros —obviamente—,
     recorriendo el interior
admiraron las pinturas
de Marcos con sus texturas
y su ambiente encantador.
     Y ahora todos en las mesas
empezamos a comer
lo que fuera menester
sin agobios ni sorpresas:
     Salmorejo de primero
o una sopa castellana;
estoy entre segoviana
y cordobesa, ¿qué espero?
     ¿Decidir entre un salmón
o entre una carrillera?;
la segunda o la primera
es difícil decisión.
     Tratándose de alimentos
cada uno se comió
lo que más le pareció
y, así pues, todos contentos.

     Y antes de decir adiós
con amigable ademán
la fugaz foto de clan
se tomó a los treinta y dos,
     y una figura gigante
con la que inmortalizarnos
hizo fotografiarnos:
la estatua del elefante.

Paco Cantos  10/7/2019

Cascadas del Purgatorio

      Se acercaba ya el verano,
y a dos días del solsticio
la excursión tuvo su inicio
en un lugar muy serrano.
     No fue, pues, una tragedia
empezar en el Paular
una excursión circular
a eso de las diez y media.

     Sin prisas ni carrerillas
atravesó la excursión
por el Puente del Perdón,
camino de las Presillas,
     para seguir por demás
el río Lozoya arriba,
por senda bien atractiva
cuatro kilómetros más,
     entre vacas y terneros
pinos, robles y nogales,
un montón de pastizales,
arroyos y atolladeros.

     Ya en la Presa del Pradillo
doce campanadas dieron
por lo que todos comieron
un pequeño bocadillo
     en esta misma estrechura
donde el Lozoya proclama,
que aguas arriba se llama
arroyo de la Angostura.
     Desde aquí muy empinado
siguiendo el campo a través
llegaríamos después
al punto más elevado,
     y al pasar un mirador
vimos de un vistazo breve
a lo lejos y sin nieve
Peñalara en su esplendor.

     Mas nuestra ruta topó
con los guardas forestales;
viéndonos tan coloquiales
uno nos interpeló:
     «Son ustedes un montón
y en los nidos hay rapaces,
de espantarlas son capaces
y hasta de exterminación».
     Aconsejáronnos, pues,
dar un «pequeño» rodeo,
evitar el cachondeo
y no ir por campo a través;
     y nosotros obedientes
y buenos senderomagos
por evitar los estragos
y daños inconvenientes
     seguimos por una pista
que entre la vuelta y la ida
la bajada y la subida
nos añadió una imprevista
     distancia complementaria:
cinco kilómetros más,
los más tediosos quizás
de una vuelta innecesaria.

     ¿Cómo se va a las cascadas?
Desde abajo domingueros
desde arriba montañeros;
dos cosas diferenciadas.
     Si elegir opción nos toca,
elegimos la segunda,
recorriendo esta profunda
herida o brecha en la roca.
     El lugar es bien notorio,
además de ser eterno,
pues entre cielo e infierno
centrado está el purgatorio,
     donde los senderomagos
purgamos nuestros pecados
por haber sido arrastrados
a caminos tan aciagos,
     aunque este lugar de averno
después de mucho pensarlo,
convendría en no llamarlo
purgatorio, sino infierno,
     que entre esto y la Pedriza
no hay color, esto es más duro
que esta roca os aseguro,
que el granito es más maciza.

     Y en un paraje aledaño
de las cascadas de arriba
pensando Paco ya iba
en pegarse el primer baño;
     por eso llegó el primero,
él y también Carolina
que tal que una piscina
se metieron por entero.
     Los demás aprovechamos
para tomar el almuerzo
ya que después del esfuerzo
un descanso nos ganamos.

     Seguimos el recorrido
que por estos roquedales
nos ofreció excepcionales
vistas, muy entretenido:
     agua y rocas alternadas,
nidos de buitre leonado,
un terreno atormentado
de piedras muy afiladas,
     acabando con certeza
¿Dentro del agua otra vez?
¡Si Paco parece un pez!,
en la charca de cabeza.
     El cielo se puso oscuro
y amenazaba tormenta;
Antonio cayó en la cuenta
de recitar un conjuro,
     porque él ya sabe calculo,
que el relámpago y el trueno
no es fenómeno muy bueno
cuando te cae junto al culo.
     Y como una exhalación
camino de las Presillas,
y con unas cervecillas,
terminamos la excursión.

     Como cronista oficial
recontaré las sicarias
sin opiniones sectarias
y un veredicto imparcial:
     Por la gran aprobación
que se dio al emplazamiento
un punto de suplemento,
y otro por la dirección;
     dos puntos discrecionales
por la meteorología,
mas medio le restaría
por lo de los forestales.
     ¿No hay soluciones contrarias?,
pues sumamos y restamos
y al final totalizamos:
Tres coma cinco sicarias.

Paco Cantos  20/6/2019

Ruta de las Cabras

     En el pueblo del Boalo,
finales del mes de mayo,
con un calor del carallo,
nos reunimos con euforia.
La ermita de San Isidro
fue el lugar de nuestro encuentro;
tal y como yo os lo cuento
aquí comienza la historia:

     Por la Ruta de las Cabras
comenzó la acometida;
una escabrosa subida
de piedra y mucha pendiente,
que en el trecho de una milla,
por la vertiente sureña,
subes del coche a la peña
de una forma sorprendente.

     Pero ¿cómo —me pregunto—
los perros escalarían?
¿cómo se las compondrían
sin un curso de escalada?
Para evitar el problema
los canes acompañados,
por senda sin escarpados,
subieron por la vaguada.

     Llegó lo más esperado:
el paso de las clavijas,
barras en la roca, fijas,
que nos ayudan bastante
a superar la escalada
de paredes verticales,
como escalones normales,
sin sensación angustiante.

     El Ángelus nos pilló,
allí mismo nos paramos,
y el tentempié degustamos
rápido y sin dilaciones,
y con firme pretensión
de hallar al grupo canino
nos llegamos al vecino
Collado de Valdehalcones

     Unos minutos después,
en ese collado hallamos
a los perros con sus amos,
y apenas nada más verlo
una cruz nos sorprendió;
Joaquín contó la leyenda
brutal, perversa y tremenda
de un pastor llamado Mierlo.

     E hicimos las despedidas;
los fugaces hacia abajo,
a los coches por atajo,
bajaron sin sofocones,
y los demás que quedamos
¿teníamos alternativa?
pues a seguir cuesta arriba
la Cuerda de los Porrones.

     En esa cuerda los nombres
aprenderse es un engorro
Porrón, Porras, todo «porro»,
que alguno se fumaría,
y uno que es bien diferente:
Cancho Mágico, que viene
del nombre que el grupo tiene,
Grupo Mágico —decía.

     Llegados pues a este cancho
que al GMSMA pertenece,
la placa que se envejece
Julián nos la retocó,
mientras mil fotos tomamos
de todas las perspectivas
con poses muy atractivas
como si fuera un plató.

     Ya solo quedaba ¿solo?
bajar al aparcamiento,
que sería un sufrimiento,
de la manera siguiente:
bajadas, piedras, bajadas
cuádriceps agarrotados
en fin, todos agotados
y una pista finalmente.

     Y como en la aldea de Asterix,
al terminar la aventura
los guerreros con bravura
se reúnen con su gente,
aunque no fuéramos galos
nos tomamos las cervezas
y cantamos las grandezas
pasadas recientemente.